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Putre: La puerta del Altiplano

Nevados de Putre

El bus sale puntual a las 7 am desde el terminal de Arica. Un horario temprano que comienza a compensar rápidamente durante el largo de las casi cuatro horas de viaje que distancian a la capital regional de Putre. Son 145 kilómetros de separación y que ascienden hasta los 3500 metros de altura. Este constante ascenso desde el nivel del mar, muestra una de las metamorfosis más claras de los distintos tipos de desierto que pueden coexistir en la geografía del norte chileno.

La salida de Arica ya es asombrosa. La carretera avanza a través del valle de Azapa –un verdadero milagro verde entre las dunas- para luego subir varias cuestas y curvas, en donde todo rastro de vergel se pierde en medio de montes ocres y el inicio de la precordillera andina. Durante el trayecto la altura adormila a los pasajeros, pero si uno se mantiene firme y observante se puede ver los cactus candelabro. De gran tamaño y numerosos brazos, hay decenas de ejemplares en los faldeos de los cerros. O algunos pucarás –construcciones incaicas- que se alcanzan a ver de reojo en medio del camino.

Zapahuira marca la única parada del bus. En un local-restaurante que vende de todo, hay unos 30 minutos libres que sirven para desayunar, beber un mate de coca –remedio natural para la altura- o una paila con huevos (una de las especialidades de la casa). Desde este punto a Putre no restan más que unos 40 minutos de viaje, pero el camino se hace a baja velocidad. Las curvas y las largas caídas faldeo abajo han hecho de esta zona un reguero de animitas o de algún camión aún volcado.

La paciencia tiene recompensa al verse abajo, en un pequeño valle rodeado de cumbres nevadas y campos labrados, a Putre.

Pueblo entre montañas

Arquitectura en Putre
Arquitectura de Putre

La historia de este pueblo se remonta a épocas incaicas como punto de paso en el Qhapaq Ñam, el afamado camino del Inca. Posteriormente, con la llegada de los españoles, se transformó en lugar de descanso en las faenas de extracción de las minas. Todo era Perú hasta la pérdida del territorio tras la Guerra del Pacífico y pasar a convertirse en el extremo norte de Chile.

Sus raíces, sin embargo, no corresponden a ninguna de estas naciones. La mayor parte del pueblo son aymaras, pueblo ancestral y que mantiene vivas sus tradiciones en la puerta del altiplano. Justamente este lugar y sus 2800 habitantes se puede transformar en un buen campo base para aclimatarse a la altura o salir varias jornadas a recorrer la naturaleza resguardada por el Parque Nacional Lauca o pueblitos antiquísimos como Parinacota, Socoroma o Visviri.

Con pocas cuadras, es relativamente fácil recorrer las calles de Putre. A paso lento –por la altitud existente- se van descubriendo antiguas casonas de las cuales aún hay reminiscencias de un pasado colonial. Varios portales de piedra tallada, con datas de hace 300 años, se yerguen como testimonio de una época en que los españoles habían hecho de Putre un lugar de descanso de la élite.

calles de putre
Calles de Putre

El pueblo tiene sonido a río. Varios canales a cielo abierto corren por las principales vías de la villa. Desde la plaza de armas se pueden ver los Nevados de Putre, compuestos por el Taapacá y el Ancoma, ambos por sobre los 5 mil metros de altura. En este pintoresco lugar hasta el Banco Estado ha mantenido la fachada colonial. Se destaca la centenaria iglesia San Ildefonso, construida a mediados del 1600 y cuya reconstrucción se gestó en 1871. Toda la tranquilidad del poblado se sacude cada 15 de agosto cuando, con bailes y cantos, se celebra a la Virgen de Asunta.

Campo Base

Estar en Putre es sentirse en un país de montañas. Salir desde cualquiera de la decena de hostales y hoteles que hay en el lugar, obliga a subir y bajar. Un lugar para fortalecer piernas y respirar aire andino. No hay demasiados restaurantes aún. Algunos un poco más refinados y otros más rústicos. Destaca especialmente los menús del restaurante Rosamel, con la cocina abierta hasta bien pasada la hora de almuerzo.

Hay un par de agencias de viajes que se pueden transformar en las mejores aliadas de un viajero independiente. ¿Por qué? El transporte entre poblados es dificultoso, escaso y demasiado caro. Lo que hace que los “full days” de las agencias, sean ampliamente ventajosos. La segunda opción es que alguien pueda llevarte haciendo “dedo”. Pero, no sobra ni gente ni autos. Hay que tener suerte.

Los atractivos se concentran mayormente en el sector oriente desde Putre, cuando la ruta internacional se interna en el territorio del parque nacional Lauca, compuesto por 137.833 hectáreas y que cuya riqueza natural la transformó en Reserva Mundial de la Biósfera. El ecosistema altiplánico compuesto por volcanes, lagunas, bofedales, quebradas y laderas, cuenta con una distribución sobresaliente de aves y mamíferos. Guanacos, vicuñas y llamas comparten espacios con zorros, vizcachas, flamencos, cóndores y pumas. Los tures llevan al sector de Las Cuevas, al poblado de Parinacota, las lagunas de Cotacotani y el lago Chungará con el imponente volcán Parinacota.

Otras Rutas

Una de las cosas importantes que se aprenden estando en Putre es que de día el sol quema sin piedad. Y las noches son heladísimas. Por tanto, hay que llevar equipo/ropa necesaria para estos dos contrapuntos climáticos. ¿Otro dato? Sólo en Putre hay cajeros automáticos (ATM).

El altiplano ofrece otros puntos para visitar. Hacia el sur se puede conocer la reserva nacional Las Vicuñas, el poblado de Guallatiri y avanzar hasta el salar de Surire y las termas de Pollereque. Para el norte las opciones van a sectores cercanos a los nevados de Putre, prácticamente vírgenes del turismo y en que se encuentran trabajos tradicionales del campo como el pastoreo. Notable es también poder visitar la cercana Socoroma, pequeñísimo poblado en el que prácticamente no hay autos y en su pequeña plaza principal está una iglesia completamente restaurada con un campanario que la acompaña.

Cerca del templo está el sector mejor conservado del Qhapaq Ñam (o Camino del Inca). Un camino empedrado que baja a un pequeño arroyo, entre campos con flores y casas de vecinos. Más escénico es el tambo de Zapahuira, distante a 40 kilómetros al oeste de Putre. Ambas zonas han sido declaradas como Patrimonio de la Humanidad.

Para descansar están las cercanas termas de Jurire. Separadas a una decena de kilómetros, las piscinas naturales (cochas) en las que se pueden dar baños de barro ideales para exfoliar los poros o sumergirse en aguas que están entre los 40 y 50° Celsius.

Atardecer en el campo

Si las fuerzas acompañan, se puede caminar pueblo arriba con dirección a los nevados de Putre. La quebrada de Chilcacahua está llena de campos labrados. Granjas en altura en que se siembran papas, hortalizas y orégano en medio de un silencio natural.

La ruta de tierra es cuesta arriba, pero vale la pena. Hay poderosos miradores sobre el pueblo –mientras se pueden escuchar los cantos de los jóvenes soldados del regimiento militar-, mientras los faldeos andinos comienzan a mutar de color mientras el sol se pone.

El nevado Taapacá se enrojece. El viento que se eleva con la llegada de las penumbras pone frío el ambiente de manera veloz. Las luces de Putre ya brillan y es posible beber un café o una copa de vino, en el restaurante Canta-Verdi. Las estrellas son el espectáculo nocturno.

Atardecer en Putre

Con todos estos factores cuesta creer que aún este sector no tenga las mismas características que San Pedro de Atacama, por ejemplo. No hay muchos turistas, aparte de puñados de franceses, los más comunes en esta latitud. Una bendición, por un lado, pero también algo que hace que los turistas se transformen en pequeñitas minas de oro al que se le puede pedir excesivamente caro por servicios comunes como el transporte.

Putre es la puerta al Altiplano. Un lugar del cuál uno desearía poder venir a visitar más a menudo.